Esto es una sección sobre la in-definición. Sobre la libertad de ser aleatoria, de explorar y acercarse a la creación sin un plan. Hago cosas que resuenan y se sienten necesarias. Algunas son bocetos únicos dentro del espectro de mi propio trabajo, otras no son trabajo, y algunas simplemente me niego a categorizar. Son simplemente MÁS*

Bestia – Texto y collage publicados en “Desintegradxs”, proyecto colaborativo de la editorial Trashumantes. Berlín, 2023.
Si lo dice la tía – Cofundadora y diseños. Marca de camisetas inspirada en la sabiduría popular, con ilustraciones y dichos inspirados en la fauna, flora y elementos de Colombia. Bogotá, 2018-2021.
Filiberto – Texto e ilustraciones. Cuento infantil acerca de un monstruo que se alimenta de recuerdos. Bogotá, 2012.
Ilustraciones.
Algunas de mis agendas.
Habitar – Exploración en cuarentena del espacio (¿cuerpo? ¿hogar? ¿ciudad?) que habito. Bogotá, 2020-2021.

Sea bienvenido

Siempre he dicho que vivo en la parte más hermosa de la ciudad. Todo el mundo sabe de ella, pero solo unos pocos tenemos el placer de vivir aquí. Mi edificio es una belleza, solo tiene cuatro pisos y una terracita para salir a tomar el sol, pero es bien sabido que las mejores cosas vienen en empaques pequeños . 

Vivo acá con mi marido desde hace veinte años. Antes vivíamos cerca de la ciudad, pero me cansé del ruido y lo convencí de que una casita a las afueras era lo necesario para vivir en paz, y él, como sabía que yo tenía razón, compró este apartamento. Aunque es cierto que él todavía trabaja y le toma más tiempo llegar a todas partes, mi felicidad es la suya y eso lo paga todo. No me gusta que trabaje tanto; a veces llega tan tarde y se va tan temprano que ni lo siento, como si nunca hubiera llegado; pero todos tenemos que hacer sacrificios: él tiene que caminar un poco más para tomar el bus, y yo tengo que verlo menos a él. 

Hace poco llegó al edificio una celebridad. Es un artista muy talentoso, que a pesar de no ser todavía muy conocido, escribe maravillosamente. Se le ve en la cara. El día de su llegada yo, por pura casualidad, me había puesto un vestido rojo que me regaló mi esposo hace tiempo, y que sigue resaltando mis curvas irresistibles. Mi intención no era llamar la atención, los que me conocen pueden dar fe de mi modestia, pero no me extrañó la expresión en su cara cuando me vio. Para los hombres es muy difícil disimular cuando ven a una mujer guapa.

Esa semana tomé la decisión de ayudarlo a integrarse a su nuevo hogar y una tarde lo invité a tomar onces en mi casa. No llegó muy puntual y como en nuestro barrio eso es inaceptable dejé que se tomara el té frío como se había puesto de tanto esperar. Sin embargo después me sentí mal por el pobre, y lo invité a pasar a la sala para mostrarle mi colección de fotos familiares, nada mejor para hacer sentir a alguien en casa. Ese día el artista se fue muy tarde, sin duda intimidado por mi extroversión, y yo agradecía al cielo por mis dotes de anfitriona que se mantienen intactos con los años.

Todo el mundo sabe que los escritores son personas sumamente ocupadas, y para evitarle el trabajo de revisar que su correspondencia estuviera en el casillero correcto, a la semana siguiente me tomé la molestia de subirle el correo al apartamento. Muy temprano, incluso antes de hacer el desayuno, me encargaba de revisar su nombre en todos los papeles, preparaba café para dos, y subía con una bandejita a timbrar a su puerta. 

Al principio pareció muy sorprendido, mi amabilidad a veces puede ser abrumadora, pero después de cuatro días dejó de responder el timbre, y supuse que sus labores lo hacían acostarse tan tarde que dormía muy profundo y no me escuchaba; entonces le dejaba las cosas frente a su puerta con una que otra nota de aliento, la vida de un artista puede ser muy pesada. 

Casi un mes y medio después me di cuenta de algo obvio que no había visto hasta ese momento: el hombre vivía solo. Por supuesto que sabía que era el único que vivía ahí, pero hasta ese momento me di cuenta de lo que eso implicaba. ¿Quién lavaría su ropa y la organizaría por tamaño en su armario? ¿cómo se tranquilizaría sin nadie que lo acariciara cuando estuviera cansado? ¿había acaso alguien que le preparara comida caliente y con sabor a hogar?. Este hombre necesitaba una mujer. 

Al día siguiente él salió temprano y yo puse en marcha mi plan. Tomé las llaves de repuesto que él guardaba debajo de la alfombra de bienvenida y entré. Su apartamento era un desastre. Tenía apenas una mesa y dos sillas, el piso estaba lleno de papeles tachados y la cortina era un velo casi roto que dejaba ver todo lo que pasaba allí. Sentí más lastima que nunca por él y, sin dudarlo, tiré a la basura los papeles, reacomodé los muebles, pasé un par de materas de mi apartamento al suyo, y me puse a cocinar. Me tomó todo el día arreglar su casa y apenas tuve tiempo de cambiarme antes de que llegara, pero al final estaba orgullosa del resultado. Por fin había logrado convertir el apartamento en un hogar digno de una persona como él. 

Cuando abrió la puerta yo estaba parada con mi mejor sonrisa esperándolo. El olor a mi llenaba la casa dándole el toque final de una dama, y el calor de la chimenea lo recibió tan de golpe que apenas entró empezó a sudar. Dio una mirada alrededor y después de unos segundos de total inmovilidad, se puso rojo, dio media vuelta y se fue por donde había llegado.

La vergüenza es uno de los peores males del hombre y solo la modestia puede vencerlo. Supongo que el artista no lo logro, porque no lo he vuelto a ver hace más de una semana. 

El brillo de la luna

Al principio del tiempo Dios decidió crear la luz, y fue entonces cuando creó el sol y la luna. El sol fue el responsable de los colores, de los frutos de los árboles y del calor. Fue la razón de las flores en primavera y de los días largos en invierno. Y así era feliz. Lo alegraba ver cómo los animales y los hombres le agradecían por poder cazar y esconderse de los cazadores, por cobijar las pieles sin pelo, y dar brillo al pelo de los animales que lo tenían.  

Pero la luna se sentía triste porque no era más que un pálido reflejo del sol. Le dolían las quejas de los animales que tiritaban de frío y que no podían ver de noche. Se sentía sola e inferior al sol, y anhelaba tener brillo propio para poder inundar todo el mundo con sus rayos. 

  El sol se dio cuenta de la tristeza de la luna y le pidió a Dios que mandara a sus hermanas, las estrellas, a acompañarla. Pero al verlas la luna empezó a llorar porque, aunque la acompañaban a ver el mundo en la oscuridad, le recordaban que ella no era más que el reflejo del sol, pues ella tenían luz propia, y que su luz no era suficiente para iluminar todos los rincones, y dar alimento a las plantas. 

Así siguió, durante mucho tiempo, la luna: sin nada que la consolara ante su impotencia. Por más que el sol intentaba reconfortarla, y las estrellas adularan su belleza, ella no encontraba la razón de su existir. 

Un día, después de una larga jornada de trabajo, volvió a su casa un hombre del campo: con la espalda quemada por el sol, lleno de llagas en los pies por la tierra caliente, y triste por sentirse aprisionado en ese cuerpo cada vez más viejo y débil. Afligido se sentó en una piedra a tomar el aire de la noche antes de acostarse a descasar, y miró hacia el cielo. Allí vio a la luna mirándolo desde lo alto con toda su palidez y sintió ganas de llorar: vio el reflejo de su alma. En ella reconoció el frío de la nostalgia que lo abatía, el color de las canas que cubrían su cabeza, la tranquilidad que sentía cuando veía a sus nietos dormir, y los ojos grandes de su mujer. Y se sintió feliz. 

Entonces la luna dejó de llorar y lo vio, desde lo alto, mirarla. Vio como sus ojos se llenaban de lágrimas y la comisura de sus labios empezaba a temblar. Sintió sus sollozos mezclarse con el viento en la oscuridad, y se sintió feliz de ser un reflejo. Entendió que su magia no estaba en deslumbrar a los hombres con una luz propia haciendo que vieran mejor el mundo, sino en ayudarlos, como un espejo gigante, a verse a sí mismos. A ver para dentro. Reflejaba la luz del sol y las almas de los hombres, y su brillo vivía en los suspiros de añoranza de todos los que ese momento se veían unidos por su luz.

La noche

Eran las once de la noche cuando empecé a sentir pánico. Me había acostado hace poco, después de acabar con todas las excusas que cada día preparaba cuidadosamente para la hora de dormir: la lentitud de cada bocado a la hora de la cena, las muecas que provocaban peleas familiares de horas y la película para quedarse dormido en el sofá; pero todo había sido insuficiente y ahora tenía que enfrentarme a la oscuridad empacado en el frío de las sábanas.

Nunca me ha gustado estar solo. No es porque me aburra ni porque no sea capaz de inventar juegos para pasar las horas, sino que es el momento en que escucho mi corazón y sé que no puedo hacer nada para controlar ese ruido. Cuando me metí en la cama esa noche pensé que estaba lo suficientemente adormilado como para convencerme de que no me había quedado solo en la habitación y lograr reducir el tiempo a un puñado de sueños; pero es difícil engañarse a consciencia y un minuto después de tocar la cama estaba más despierto de lo que había estado en todo el día.

Soporté un rato inmóvil mirando las estrellas de plástico que brillaban en mi techo, pero el aire cada vez más negro a mi alrededor no me dejaba concentrar. Miré el reloj al lado de mi cama y sentí un escalofrío cuando vi que los números rojos se movían veloces para formar una hora cerrada. Eso no podía estar bien. Ese tipo de coincidencias eran señales y estaba seguro de que ver cómo llegaba un nuevo minuto era antinatural. Entonces el terror llenó mis pulmones.

No es que sea estúpido y crea, como la gente en las películas, que con la oscuridad mi cuarto se convierte en un campo de cosas que antes no estaban, yo no creo en los monstruos debajo de la cama. Pero ¿cómo no me voy a dar cuenta de que hay algo que me mira a la hora de dormir? Mi mamá dice que respire, como si recordar que sigo siendo yo fuera a calmarme, pero es eso lo que más me altera.

Cerré los ojos un rato, sólo para estar seguro de que el truco de dejar que el sueño me atrapara seguía sin funcionar. Apreté los puños para sentirme más valiente y abrí los ojos. Esos instantes sin ver habían sido un error porque ahora las lucecitas de mi techo habían perdido fuerza y por más que intenté recuperar la concentración la noche ya se había tragado la normalidad.

Entonces no me quedó más remedio que empezar a pasear mi mirada por todos los rincones de mi cuarto para asegurarme de que seguía estando todo en orden. El escritorio seguía igual, y la ropa tirada en el suelo no se había movido ni un centímetro, pero seguí hurgando en el espacio y, como suele pasar cuando uno busca, encontré; comencé a percibir ruidos que parecían venir de la nada y mi cama se volvió una masa empalagosa que me acaloraba pero era a la vez mi único refugio.

A pesar de que no podía respirar bien, estaba sudoroso y las sábanas pesaban encima de mi pecho hasta aplastarme, el aire me amenazaba con sonidos extraños y mi única salvación fue enterrarme debajo de las cobijas hasta ahogar todo rastro de movimiento.

Pensé que a pesar de mi espalda mojada y la agonía del calor acurrucado conmigo ya todo había pasado cuando escuche petrificado el peor ruido que había escuchado esa noche. Oí mi corazón. Ya no podía ignorarlo, ahí estaba. Y con él llegaban siempre las voces.

Estos son algunos textos cortos que he escrito y decidí incluir en esta página donde todo cabe. Puedes hacer click en los títulos para leerlos.

Sea bienvenido

Siempre he dicho que vivo en la parte más hermosa de la ciudad. Todo el mundo sabe de ella, pero solo unos pocos tenemos el placer de vivir aquí. Mi edificio es una belleza, solo tiene cuatro pisos y una terracita para salir a tomar el sol, pero es bien sabido que las mejores cosas vienen en empaques pequeños . 

Vivo acá con mi marido desde hace veinte años. Antes vivíamos cerca de la ciudad, pero me cansé del ruido y lo convencí de que una casita a las afueras era lo necesario para vivir en paz, y él, como sabía que yo tenía razón, compró este apartamento. Aunque es cierto que él todavía trabaja y le toma más tiempo llegar a todas partes, mi felicidad es la suya y eso lo paga todo. No me gusta que trabaje tanto; a veces llega tan tarde y se va tan temprano que ni lo siento, como si nunca hubiera llegado; pero todos tenemos que hacer sacrificios: él tiene que caminar un poco más para tomar el bus, y yo tengo que verlo menos a él. 

Hace poco llegó al edificio una celebridad. Es un artista muy talentoso, que a pesar de no ser todavía muy conocido, escribe maravillosamente. Se le ve en la cara. El día de su llegada yo, por pura casualidad, me había puesto un vestido rojo que me regaló mi esposo hace tiempo, y que sigue resaltando mis curvas irresistibles. Mi intención no era llamar la atención, los que me conocen pueden dar fe de mi modestia, pero no me extrañó la expresión en su cara cuando me vio. Para los hombres es muy difícil disimular cuando ven a una mujer guapa.

Esa semana tomé la decisión de ayudarlo a integrarse a su nuevo hogar y una tarde lo invité a tomar onces en mi casa. No llegó muy puntual y como en nuestro barrio eso es inaceptable dejé que se tomara el té frío como se había puesto de tanto esperar. Sin embargo después me sentí mal por el pobre, y lo invité a pasar a la sala para mostrarle mi colección de fotos familiares, nada mejor para hacer sentir a alguien en casa. Ese día el artista se fue muy tarde, sin duda intimidado por mi extroversión, y yo agradecía al cielo por mis dotes de anfitriona que se mantienen intactos con los años.

Todo el mundo sabe que los escritores son personas sumamente ocupadas, y para evitarle el trabajo de revisar que su correspondencia estuviera en el casillero correcto, a la semana siguiente me tomé la molestia de subirle el correo al apartamento. Muy temprano, incluso antes de hacer el desayuno, me encargaba de revisar su nombre en todos los papeles, preparaba café para dos, y subía con una bandejita a timbrar a su puerta. 

Al principio pareció muy sorprendido, mi amabilidad a veces puede ser abrumadora, pero después de cuatro días dejó de responder el timbre, y supuse que sus labores lo hacían acostarse tan tarde que dormía muy profundo y no me escuchaba; entonces le dejaba las cosas frente a su puerta con una que otra nota de aliento, la vida de un artista puede ser muy pesada. 

Casi un mes y medio después me di cuenta de algo obvio que no había visto hasta ese momento: el hombre vivía solo. Por supuesto que sabía que era el único que vivía ahí, pero hasta ese momento me di cuenta de lo que eso implicaba. ¿Quién lavaría su ropa y la organizaría por tamaño en su armario? ¿cómo se tranquilizaría sin nadie que lo acariciara cuando estuviera cansado? ¿había acaso alguien que le preparara comida caliente y con sabor a hogar?. Este hombre necesitaba una mujer. 

Al día siguiente él salió temprano y yo puse en marcha mi plan. Tomé las llaves de repuesto que él guardaba debajo de la alfombra de bienvenida y entré. Su apartamento era un desastre. Tenía apenas una mesa y dos sillas, el piso estaba lleno de papeles tachados y la cortina era un velo casi roto que dejaba ver todo lo que pasaba allí. Sentí más lastima que nunca por él y, sin dudarlo, tiré a la basura los papeles, reacomodé los muebles, pasé un par de materas de mi apartamento al suyo, y me puse a cocinar. Me tomó todo el día arreglar su casa y apenas tuve tiempo de cambiarme antes de que llegara, pero al final estaba orgullosa del resultado. Por fin había logrado convertir el apartamento en un hogar digno de una persona como él. 

Cuando abrió la puerta yo estaba parada con mi mejor sonrisa esperándolo. El olor a mi llenaba la casa dándole el toque final de una dama, y el calor de la chimenea lo recibió tan de golpe que apenas entró empezó a sudar. Dio una mirada alrededor y después de unos segundos de total inmovilidad, se puso rojo, dio media vuelta y se fue por donde había llegado.

La vergüenza es uno de los peores males del hombre y solo la modestia puede vencerlo. Supongo que el artista no lo logro, porque no lo he vuelto a ver hace más de una semana. 

El brillo de la luna

Al principio del tiempo Dios decidió crear la luz, y fue entonces cuando creó el sol y la luna. El sol fue el responsable de los colores, de los frutos de los árboles y del calor. Fue la razón de las flores en primavera y de los días largos en invierno. Y así era feliz. Lo alegraba ver cómo los animales y los hombres le agradecían por poder cazar y esconderse de los cazadores, por cobijar las pieles sin pelo, y dar brillo al pelo de los animales que lo tenían.  

Pero la luna se sentía triste porque no era más que un pálido reflejo del sol. Le dolían las quejas de los animales que tiritaban de frío y que no podían ver de noche. Se sentía sola e inferior al sol, y anhelaba tener brillo propio para poder inundar todo el mundo con sus rayos. 

  El sol se dio cuenta de la tristeza de la luna y le pidió a Dios que mandara a sus hermanas, las estrellas, a acompañarla. Pero al verlas la luna empezó a llorar porque, aunque la acompañaban a ver el mundo en la oscuridad, le recordaban que ella no era más que el reflejo del sol, pues ella tenían luz propia, y que su luz no era suficiente para iluminar todos los rincones, y dar alimento a las plantas. 

Así siguió, durante mucho tiempo, la luna: sin nada que la consolara ante su impotencia. Por más que el sol intentaba reconfortarla, y las estrellas adularan su belleza, ella no encontraba la razón de su existir. 

Un día, después de una larga jornada de trabajo, volvió a su casa un hombre del campo: con la espalda quemada por el sol, lleno de llagas en los pies por la tierra caliente, y triste por sentirse aprisionado en ese cuerpo cada vez más viejo y débil. Afligido se sentó en una piedra a tomar el aire de la noche antes de acostarse a descasar, y miró hacia el cielo. Allí vio a la luna mirándolo desde lo alto con toda su palidez y sintió ganas de llorar: vio el reflejo de su alma. En ella reconoció el frío de la nostalgia que lo abatía, el color de las canas que cubrían su cabeza, la tranquilidad que sentía cuando veía a sus nietos dormir, y los ojos grandes de su mujer. Y se sintió feliz. 

Entonces la luna dejó de llorar y lo vio, desde lo alto, mirarla. Vio como sus ojos se llenaban de lágrimas y la comisura de sus labios empezaba a temblar. Sintió sus sollozos mezclarse con el viento en la oscuridad, y se sintió feliz de ser un reflejo. Entendió que su magia no estaba en deslumbrar a los hombres con una luz propia haciendo que vieran mejor el mundo, sino en ayudarlos, como un espejo gigante, a verse a sí mismos. A ver para dentro. Reflejaba la luz del sol y las almas de los hombres, y su brillo vivía en los suspiros de añoranza de todos los que ese momento se veían unidos por su luz.

La noche

Eran las once de la noche cuando empecé a sentir pánico. Me había acostado hace poco, después de acabar con todas las excusas que cada día preparaba cuidadosamente para la hora de dormir: la lentitud de cada bocado a la hora de la cena, las muecas que provocaban peleas familiares de horas y la película para quedarse dormido en el sofá; pero todo había sido insuficiente y ahora tenía que enfrentarme a la oscuridad empacado en el frío de las sábanas.

Nunca me ha gustado estar solo. No es porque me aburra ni porque no sea capaz de inventar juegos para pasar las horas, sino que es el momento en que escucho mi corazón y sé que no puedo hacer nada para controlar ese ruido. Cuando me metí en la cama esa noche pensé que estaba lo suficientemente adormilado como para convencerme de que no me había quedado solo en la habitación y lograr reducir el tiempo a un puñado de sueños; pero es difícil engañarse a consciencia y un minuto después de tocar la cama estaba más despierto de lo que había estado en todo el día.

Soporté un rato inmóvil mirando las estrellas de plástico que brillaban en mi techo, pero el aire cada vez más negro a mi alrededor no me dejaba concentrar. Miré el reloj al lado de mi cama y sentí un escalofrío cuando vi que los números rojos se movían veloces para formar una hora cerrada. Eso no podía estar bien. Ese tipo de coincidencias eran señales y estaba seguro de que ver cómo llegaba un nuevo minuto era antinatural. Entonces el terror llenó mis pulmones.

No es que sea estúpido y crea, como la gente en las películas, que con la oscuridad mi cuarto se convierte en un campo de cosas que antes no estaban, yo no creo en los monstruos debajo de la cama. Pero ¿cómo no me voy a dar cuenta de que hay algo que me mira a la hora de dormir? Mi mamá dice que respire, como si recordar que sigo siendo yo fuera a calmarme, pero es eso lo que más me altera.

Cerré los ojos un rato, sólo para estar seguro de que el truco de dejar que el sueño me atrapara seguía sin funcionar. Apreté los puños para sentirme más valiente y abrí los ojos. Esos instantes sin ver habían sido un error porque ahora las lucecitas de mi techo habían perdido fuerza y por más que intenté recuperar la concentración la noche ya se había tragado la normalidad.

Entonces no me quedó más remedio que empezar a pasear mi mirada por todos los rincones de mi cuarto para asegurarme de que seguía estando todo en orden. El escritorio seguía igual, y la ropa tirada en el suelo no se había movido ni un centímetro, pero seguí hurgando en el espacio y, como suele pasar cuando uno busca, encontré; comencé a percibir ruidos que parecían venir de la nada y mi cama se volvió una masa empalagosa que me acaloraba pero era a la vez mi único refugio.

A pesar de que no podía respirar bien, estaba sudoroso y las sábanas pesaban encima de mi pecho hasta aplastarme, el aire me amenazaba con sonidos extraños y mi única salvación fue enterrarme debajo de las cobijas hasta ahogar todo rastro de movimiento.

Pensé que a pesar de mi espalda mojada y la agonía del calor acurrucado conmigo ya todo había pasado cuando escuche petrificado el peor ruido que había escuchado esa noche. Oí mi corazón. Ya no podía ignorarlo, ahí estaba. Y con él llegaban siempre las voces.

These are some short texts I’ve written and decided to include on this page where everything fits. You can click on the titles to read them.